18 nov. 2015

En la que quepo, la que me entra o la que no me ahorca

   Desde hace muchos años sólo entro en los locales en los que sé que tendrá ropa en la que entro y mi economía podrá pagarme un atuendo.

   No importa cuánto más linda sea la ropa del de al lado, cuánto más barata, cuán más bellos sean sus materiales, yo siempre tengo que inclinarme al modal, seda fría, algodón, elastano y lycra, jean que sean elastizados (y no por lo sexy que me hacen lucir, sino porque se estiran y me caben).
¿A dónde te compraste esa ropa?”, me preguntan a veces. “A donde no tengan sólo talles que promuevan bulimia y anorexia”, respondo. Porque si hay algo que las gordas (y dije gordas, que no es nada malo, lo peyorativo se lo da la sociedad, no el sustantivo) aprendimos temprano es el humor sobre nuestro cuerpo. “A donde, teniendo ropa que me entre y que no me salga el 40% de mi salario, no me obliguen a vestirme con la ropa que usaba Porcel en la TV”.
   Y esto pasa con las botas, las medias finas, las bombachas, los corpiños, la ropa interior (sexy y no sexy) y demás elementos anexos.
   
   Después empieza el juego de la combinación… que si el pantalón aprieta mucho y hace un rollo de luchador de sumo, entonces hay que ponerse una remera suelta. O a la inversa, si la remera marca demasiado, la posta es clavarte una pollera carpa de circo que no apriete, que cubra la vorágine de sobrepeso que aflora en tus caderas.
   La salida fácil es apelar al vestido de algodón “corte princesa” y las calzas (“porque disimula”, te dice la vendedora… disimula lo que tenés y que debieras esconder, parece, porque es indigno).

   Estos son los rebusques de los que no entramos en esa vara incorruptible de belleza, en sociedades en las que las exigencias estéticas sobre las mujeres son tan amplias que abarcan desde la imposibilidad de encontrar talles para la ropa que querés comprar (la que te permite el capitalismo comprar, es decir la que está dentro del rango de tu posibilidad de consumo) hasta tu marido pagándote la cirugía de las “lolas” o tu novio garpando la cuota del gym porque te “encuentra medio gordita” y “quiere ayudarte”.

   La imposición de la “normalidad” estética especialmente sobre las mujeres (porque sabemos que el hombre encuentra XXXXXL y “si tiene panza” no pasa nada) nos ha llevado a naturalizar estas prácticas; y el tan vergonzante “Si, te muestro la remera de la vidriera, pero mirá que en tu talle no trabajamos nada” da cuenta de ello.
   A esto podemos sumarle la mirada crítica asesina de la amiga en la fiesta, que te dice con la cara (incluso cuando no lo dice en palabras) “qué apretado te queda eso” o “se te marca el rollo”. Y sí, claro, se me marca porque lo tengo.


   Porque el trasfondo de producir mini talles (y mentes) “normalizadores” (y permítanme agregar patologizadores) de los cuerpos de las mujeres es que ENTIENDAS que tu panza está mal, y tu sobrepeso y tu nariz grande y tus ojos marrón-caca, tus caderas están mal, tus tetas grandes (naturales y naturalmente caídas) están mal.

Entonces que se vea lo que existe no está mal porque se ve, sino porque existe.

   Y entonces el verano es difícil y cuando vas a la pileta te querés tapar por todos lados, querés convertirte al islam ortodoxo para cubrir todo tu cuerpo y que nadie escanee impoluto tus marcas corpóreas. Evitar la mirada radar que ejecuta la “violencia estética” tal como fue educado para ejecutar.
   Y entonces, a veces, fingís que no te importa o que no te afecta, e incluso lográs que no lo haga. Pero la cultura de la imposición estética bellocrática sigue montada y más temprano que tarde alguien te da la mirada, te hace el comentario, te grita en la calle, hace el chiste con los amigos, siente asco o compasión, quiere decir algo lindo y en realidad te degrada.

   Nunca falta quien se cree que te ayuda porque “te recomienda una dieta” o “un sistema de pilates que le re-sirvió” justo ese día de ese mes de ese año en el cual vos NO le pediste a nadie que te diga lo mucho que considera que necesitás hacer dieta o ir a sudar pagando a un espacio cerrado.

   Tampoco faltan los tipos que te dicen que “les gustás igual” y con el igual te hacen un guiño oculto que en realidad dice “a pesar de”. Como que te condonan la deuda. Y te dicen “yo nunca te pediría que hagas dieta” como si eso los hiciera exageradamente especiales, como si no fuera algo básico y primordial, como si lo “natural” fuera la expectativa enferma de que una adelgace (o se “embellezca”) para gustarles y si una no lo hace, entonces es “anormal” que se fijen en nosotras y debiéramos considerarlo “extraordinario”.

Entonces, mierda. Eso mismo. Porque al final del día somos muchas las que no cabemos y no entramos y nos ahorca este sistema de mierda que nos obliga y coarta. Porque al final del día la metáfora del talle y de la ropa expresa cómo nos sentimos en general. Y entonces mierda.

6 nov. 2015

No "va a estar buena Buenos Aires" ni llamo a Scioli para la Victoria

No soporto más la amenaza o el chantaje de que todo dejará de existir si NO gana Scioli.
Es una campaña errónea y sobre todo de “golpe bajo”.
No lo puedo soportar más porque presupone

a) que la sociedad es estúpida y pasiva y permitirá que le quiten TODO lo que ha conseguido a lo largo del tiempo;
b) que el kirchnerismo fue un mecenas que nos dotó de “favores” que no son nuestros derechos, sino sus “favores” y que si se van, se los llevan;
c) que las políticas públicas no son políticas de Estado, sino brazos asistencialistas de los gobiernos de turno y que como no se conciben como derechos de la ciudadanía, son eliminables rápidamente, lo cual nos lleva al comportamiento electoral cautivo “si no voto a X o a Y, entonces me quedo sin trabajo [ya nos informaron por la campaña publicitaria gráfica que cuidemos el trabajo porque dios, la patria y el futuro lo demandan], nos quedamos sin los centros de atención oncológica [como el mismo ministro de salud amenazó en twitter], etc.”

No soporto más la sentencia de que si no gana Scioli volvemos a los ’90, como si hubiésemos llegado, pasado y salido de los ’90 de la mano de otros políticos, otros partidos, otra elite económica que ahora ya no están más y si gana Macri los trae desde el más allá y nos arma un gobierno de “los muertos vivos de los ‘90”.
Como si la mayoría de estos candidatos (de los dos bandos y de otros bandos también) no fueran los ’90, no hubieran estado ahí, no hubieran apoyado lo que apoyó la mayoría de la clase política en los ’90.

Este ballotage ya es, en sí mismo, el regreso a los candidatos de los ’90.
No me quieran convencer de que hay que votar a Scioli porque la estructura del kirchnerismo lo va a controlar, cuando la estructura y la líder del kirchnerismo eligió ese candidato, el más noventista que tenían.
Si realmente gana Macri, va a ser una debacle y los que padecemos activamente sus años de “gestión” en la Ciudad de Buenos Aires lo sabemos. Pero por favor, si gana Scioli también lo será. Los dos provienen del mismo monstruo creador… Menem es el padre de esa criatura. Los dos fueron pro-privatizaciones. Los dos simpatizaron con la intervención militar y la dictadura del ’76. Los dos son empresarios millonarios.
Se ha demostrado que el PRO y el FPV cuando se trata de reprimir, privatizar, vetar leyes positivas, destruir los recursos naturales, etc. etc. etc., votan juntos.
Suspendan de una vez la campaña macartista en contra del voto blanco. Que cada quien vote a quien quiera, pero quítenle el velo “republicano, puritano y moralista” a su voto… es un velo que se cae antes de poder ponerlo.

Ya estamos enfrentando los ’90, pero “nosotros los de antes ya no somos los mismos” y el 2001, espero [por nosotros y por nuestros muertos], no pasó en vano.