27 sept. 2010

Haciendo la Re Boludición

Acabo de ver la muerte pasar delante de mi, mirarme, guiñarme un ojo y decirme “todavía no Magui, todavía no”.
Como todos ustedes sabrán, quien les escribe, cursa en la UBA. La facultad que nos alberga (la de Ciencias Sociales) ha sido tomada, en reclamo de mejoras edilicias (interés que comparto y con el que me solidarizo), junto con otros reclamos (la mayoría de los cuales no comparto, comparto a medias o de a cuartas partes) que no quedan del todo claros ni esclarecidos.
Me acerco a una mesa en la que un joven que hace la revolución en sociales interpela verbalmente al conjunto de alumnos curiosos que se asoman a la puerta de la sede de Marcelo T de Alvear buscando una solución a sus temores de pérdida de cursada cuatrimestral.
Con un tono de voz proselitista, digno de un mentiroso en campaña política para las presidenciales del lejano país de la Loma del Orto, sostiene:
Caballero rebolu-cionario: Miren, yo sé que es incómodo… Pero esto que estamos haciendo es para todos. En estas semanas de toma se consiguieron muchas cosas y bueno, muchos compañeros han hecho el enorme esfuerzo de dormir acá, dejando sus vidas de lado, los docentes se han copado y han dado clases públicas y hemos recuperado el estacionamiento de atrás, donde hicimos una huerta y ampliaremos el bar del centro. Esta senaba íbamos a abrir las aulas pero con las últimas declaraciones del decano no podemos ceder en eso.
Magui (que pasaba por allí con poca paciencia y sabiendo que tendría que cursar en algún pasillo con olor a baño tapado hace 20 días): ajá, me encanta, igual tengo un problema, necesito un libro, que sale 150 pé y que está en la biblioteca. Hace más de 3 semanas que no accedo a él y no puedo comprarlo. Me parece que inhabilitar la biblioteca tanto tiempo es una forma de vaciar de contenido cultural esto. Cerrar aulas y biblioteca da un impacto feo, más aún si dejan abierta la fotocopiadora y el comedor en el que venden cafés.
Caballero rebolu-cionario: Sí, lo que pasa es que no se puede volver a las aulas.
Magui: bueno, pero abrí la biblioteca, armen un sistema de ‘libro libre’. Hagan algo que incluya cultura.
Caballero rebolu-cionario: este no es tiempo de quejas ni de lectura, es tiempo de armarnos bien, esto es hacer la revolución.

Magui (con tono de ‘no dijiste eso que escuché, quiero haber escuchado mal’ y como riéndose de un amigo que tiene poco sentido del humor): ahhhh pero la re con#·”% de tu hermana. No me podés haber dicho eso. Me estás jodiendo. Sos un pelotudo…
Y ahí vi la muerte de frente, vestida de estudiante de sociales, armada con palos arrancados del marco de la puerta —del baño del segundo piso, repleto de inodoros tapados de toallitas femeninas usadas—, y pensé “llegó mi hora. Mamá, te amo, cuidá a Simón”.

Mientras emitía desaforada mis blasfemias, comencé a recular, disimuladamente, apuntando mis anchas caderas a la puerta de salida, pensando “si Marx supiera que la revolución se hacía cerrando la biblioteca pero cobrando el cafecito y las medialunas, la de años de análisis, estudio y lectura que se hubiera ahorrado”.
Corrí por la calle, esperando llegar a casa, para mandarle un mail a Trotsky y a Lenin contándoles por dónde era que sí pasaba “la Revolución permanente y existosa”. En esa tarea me encuentro ahora.