4 jul. 2010

Crónicas de un hotel desacertado y de una muerte anunciada pero prevenida

Estación Resistencia, Chaco. Colectivo 110 hasta el centro.
Arribamos al Flamante HOTEL Luxor de mañana, bajo un brillante e incandescente sol. Nos anunciamos y el encargado, señor sesentón lookeado gaucho, nos dijo “pasen chicas, antes de pagar, para conocer el lugar”[1].

Pasamos por el salón de entrada, decorado con dos heladeras de las de coca cola grande, que no funcionaban y un sinfín de cables colgando por todos lados. Corlock viejo humedamente oloroso en las paredes, que hacía juego con una pintura deteriorada y grandes manchas en las paredes. Por allá atrás, un dispenser de agua caliente y fría[2] y una escalera que nos llevaba a la suit presidencial.

Llegamos a nuestro cuarto: no era la casa de Amalita Fortabat ni mucho menos el petit hotel de María Julia, pero reconociendo que “dormimos en lugares peores” y poniéndole mucha mucha onda, decidimos quedarnos allí.
Pagamos la primera noche por un monto inferior a $150 la habitación triple. Entramos, dejamos las cosas y nos fuimos Gabriela, Laura y yo con mi amiga personal Claudia, a pasear por las luminosas veredas correntinas.

Volvimos al hotel en la ciudad de Resistencia a las 19 hs. y allí nos esperaba lo mejor. El salón desayunador de la entrada[3] (que contaba con 5 meses todas distintas y tambaleantes y 3 sillas cada una, dispuestas en filas enfrentadas, dejando en el medio una pasarela para los transeúntes que querían retirarse a sus aposentos) estaba completamente habitado por buitres de rapiña de entre 30 y 40 añitos, que nos miraban con un tenedor y un cuchillo en cada mano “para comernos mejor”.
Nosotras, damicelas medio pelo pequeño burguesas residentes en la Capital[4] —que teníamos que desfilar por entre medio de ellos— escondimos pecho (sabiendo lo mucho que eso me cuesta), achatamos culo y diciendo “buenas tardes” bajamos la cabeza, caminamos mirando al piso en filita: Magui, Gaby, Laura respirando bajito, como tratando de pasar desapercibidas[5].
Al grito de “Hola chicas, nos estamos viendo” y “mmmmm (si, ese mmm que hacen los tipos a veces con ese tono de voz sacado de una película pornográfica) chicas cómo están” los compañeros de habitaciones, nos dieron la bienvenida.

A partir de ese momento desquiciamos. No amerita un detalle mucho más profundo, que haría que esto se vuelva horrorosamente aburrido, pero vamos con un racconto superficial:

  • 3.789.321 pelos en cada almohada
  • Sustancias desconocidas adheridas firmemente a las sábanas, con olor raro y con consistencia grasosa pegajosa. Sábanas que además, mostraban esas pelotitas clásicas en algunas zonas circulares, que, como bien sostuvo la camarada Insolada, eran “claros signos de que alguien o alguienes se estuvo/ieron frotando acá”
  • Un agujero en la única puerta que nos separaba del mundo hostil exterior. Si, un agujero con forma de hachazo del lado interior de la placa de madera.
  • Un caballero que, habiendo abierto la puerta de su habitación, se echó hacia atrás, volvió a cerrarla y se quedó paradito de brazos cruzados, delante nuestro, mirando cuántas mujeres éramos y a qué habitación entrábamos. Para luego, a modo de seducción, poner lo más fuerte que podía una radio en la que sintonizaba música romántica. Todo un seductor
  • Dos vellos negros entrepiérnicos [6], sustanciosos y no volátiles, de las partes íntimas de otra persona, pegados en el baño, al lado de la perilla de la luz, que obligaban a tener una precisión horrorosa a la hora de encender la teclita y hacer pis
  • Unas frazadas con olor a entretiempo de partido de fútbol rural, amontonadas impunemente adentro de un ropero de madera, que sostenía enclenque una tv que no tenía control remoto y que nos daba miedo tocar la botonera
  • Un desayuno (pagado a parte del precio de la habitación) conformado por café con leche —hecho con leche en polvo vencida (en el mejor de los casos)— cuajado y rancio, servido en tazas sucias con cucharitas dispares y poco higienizadas; acompañado por dos medialunas que tenían sabor a algo que después de una noche de buscar similitudes y paralelos asquerosos, ya no queríamos averiguar
  • Un saldo, al día siguiente de grandes manchones picosos en la piel, rastro indudable de la existencia de chinches de colchón e innumerables picaduras de pulgas a lo largo y a lo ancho de la única parte de nuestros cuerpos que rozó ese colchón inmundo (todas dormimos vestidas, y en mi caso, con una campera de esas gordotas puesta, porque me negué rotundamente a usar la frazada descripta ut supra).

Para cualquier persona que haya sido profundamente seducida desde pequeña por las artes del cine de terror, es fácil descubrir los escenarios que podrían servir, tranquila y ventajosamente, de lugar de rodaje de este género de películas. El hotel Luxor, que tuvo el “casi placer” de alojarnos en Resistencia, Chaco, es pues, sin duda alguna, un excelente set de filmación para una película de la zaga “Hostel” o una remake de “La maldición”.
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[1] Primera nota mental: prestar atención, alerta de peligro, cuando quien debe venderte un producto insiste en que antes lo chequees, hay un problema grave.
[2] Segunda nota mental: (surgida de viajes anteriores) un dispenser siempre garpa.
[3] Tercera nota mental: observar el salón desayunador antes de decidir alojarse en el hotel.
[4] Cuarta nota mental: no se dice más Capital, se dice Ciudad Autónoma de Bs As.
[5] Quinta nota mental: tres mujeres menores de 35 no pasan desapercibidas en un hotel aguantadero, poblado por masculinos solteros en edad (y con deseos) de merecer.
[6] Sexta nota mental: cuando escribas el post de esta hazaña, no pongas la expresión “pendejos” que queda fea, usa mejor vellos o pelillos íntimos.