6 jul. 2009

Estudio de caso: la TV y su programación (y sus efectos en quien escribe)

En estos días de influenza AH1N1, —en los que combatí con la muerte y pude salir victoriosa (¿?)— realicé la única actividad de mirar televisión, películas o inolvidables series.
Tres primeras conclusiones:

Estoy cansada de las películas “medio pelo” norteamericanas sobre los dilemas morales de un abogado serio que debe elegir entre una prominente carrera en el mejor de los buffet o servir al pobre y al prójimo desamparado. Todos sabemos que dicho replanteo ético no existe en los abogados. Te venden hasta la madre para trabajar EN CUALQUIER buffet, no necesariamente tiene que ser el mejor.

No estoy deprimida aunque terminó la quinta temporada de Lost. Habían dicho que era imposible que cosas como las que suceden en esa serie pasen en la vida real; pero después Heller se hizo kirchnerista y De Narváez ganó las elecciones en Buenos Aires: IMPOSIBLE IS NOTHING (Ya lo dijo José Miguel Adidas).

Han logrado hartarme con las imitaciones paupérrimas de “El Señor de los anillos”. No todo ser con orejas estiradas-puntiagudas es un elfo. No todo elfo es hábil únicamente con el arco y la flecha. No toda historia fantástica tiene que tener orcos. Filmar moviendo la cámara no hace que parezca una batalla mas agitada (pero el espectador si se agita, se marea y puede ahogarse). Si los personajes se loockean como seres fantásticos, por favor, que no hagan señas mundanas como el dedo medio levantando (haciendo “fuckyou”) ni hagan chistes para entendidos Yankees.
Y post data: los dragones son de la película “Eragon”, tengan la delicadeza de plagiar de a un film por vez.
Estoy implorándole al dios de los ateos que me ayude a sanar rápido... no por mi, sino por la salud mental de mis seres queridos. En cuanto siga expuesta a esta programación, juro que no podré responder ni por mi ni por mis actos.