9 jun. 2009

Momento del Reclamo Encubierto y/o Explícito (MRE/E)

A lo largo de mis —no tan pocos ni demasiados— años de vida he experimentado una serie de sucesos que me dejaron cerca de la muerte o de la agonía. Entre los mencionados fenómenos pueden tenerse en cuenta:
- los tres accidentes de auto que tuve entre los 14 y los 16 años,
- las tres operaciones con anestesia general a las que me sometí en menos de 8 años,
- los 50 puntos que quedaron en mi pierna luego de sentirme la Messi de las puertas de vidrio,
- las prácticas noctámbulas, poco seguras, de pasear a Simón a las 3 o 4 AM,
- haber quedado varada en un barrio altamente peligroso por que ningún colectivo frenaba —justificada precaución del chofer puesto que porto una implacable cara de “capo mafia”—,
- separar peleas de perros,
- cruzar las calles con el hombrecito del semáforo en rojo,
- comer comida en mal estado,
- tomar agua servida,
- viajar a Paraguay con menos de 100 pesos en el bolsillo…
Habiendo contado esto, no hice mas que sentar jurisprudencia sobre mis teorías de morirme joven y azotada por "grandes males evitables" (como ser aplastada por un colectivo de la línea 60, o caerme por las escaleras o morir ahogada en un kilo de dulce de leche que estuviera devorando).
Podría pasarme la semana entera enumerando “experiencias cercanas a la muerte” (ECM para los que aman las siglas) pero no estoy acá para eso, sino para hacerle un aviso a algunos personajes, amigos y hermanos:
El día en el que muera y me vaya al cielo de los obesos (donde hay mucho helado y chocolate blanco y nadie engorda por comerlo) no estén tristes, ya se han acostumbrado a no verme ni llamarme. Lo hacen desde unos meses a esta parte ininterrumpidamente.
Al que le quepa el saco, que se lo ponga y salga a pasear (eso si, no me inviten, que yo ya me acostumbré a eso)